
Asistencia integral a la niñez, Bolivia. Maia Maitén Moñin Escudero (Alicante, España 2025)
Han pasado ya varias semanas desde que llegué a Santa Cruz de la Sierra, y el ritmo cotidiano del voluntariado en Hombres Nuevos se ha transformado en algo más que una rutina: es una experiencia vital que ha calado muy hondo. En estas últimas etapas del viaje, el vínculo con los niños, con las madres del comedor, y con la gente del barrio se ha vuelto más profundo, más humano, más real.
En las últimas semanas hemos organizado varios talleres: de gestión emocional, resolución de conflictos y género. Me sorprendió al principio la dificultad que tenían los niños para respetar los turnos de palabra o mantener la atención. Pero poco a poco fui encontrando estrategias para conectar con ellos -desde el juego, el movimiento y el teatro-, generando espacios donde pudieran expresarse sin miedo a ser juzgados. Algo que me conmovió fue notar cómo la mayoría están acostumbrados al castigo como forma de corrección. Yo intenté, en cambio, sembrar el refuerzo positivo, recordarles lo valiosos que son, que sí que pueden, que son capaces, inteligentes, buenos. Trabajé mucho desde el llamado efecto Pigmalión positivo: mostrarles que confío en ellos, que creo en sus posibilidades, incluso cuando se distraen o se frustran.
También hemos vivido muchas emociones. Es fin de curso y se nota el cansancio, la nostalgia. Algunos niños están tristes porque durante el verano sus madres se van a trabajar a Chile y ellos se quedan con tíos o abuelos. Desde ahí surgieron espacios de educación emocional: reconocer, nombrar, y expresar lo que sienten a través de juegos de teatro, dibujos, y dinámicas grupales. Momentos de ternura y escucha que quedarán grabados. Organizamos una salida de despedida a las piscinas del Plan 3000, un día de alegría compartida, de risas y confianza. Era importante que se llevaran no solo aprendizajes, sino también recuerdos felices.
En la casa donde vivimos los voluntarios, la convivencia con la familia local se ha vuelto más cercana. Compartimos comidas, historias, tradiciones. Ellos nos hablan de su cultura con orgullo y cariño. Incluso una noche hicimos una sesión de cine en casa con la familia y los niños. También hemos cuidado juntos a un perrito y un gatito del barrio, que la familia seguirá alimentando cuando nos vayamos -pequeños gestos- que simbolizan continuidad y cuidado mutuo. Por las tardes seguimos yendo al teatro, preparando una obra que presentaremos en noviembre. Allí he encontrado amistades que siento auténticas, un pequeño refugio artístico dentro del caos cotidiano.
También he tenido momentos de reflexión sobre las contradicciones culturales. Asistí, por ejemplo, al acto escolar donde se elige a la “reina del curso”. Es bonito ver a las niñas tan felices, tan protagonistas, pero también me hace pensar en cómo el reconocimiento sigue girando en torno a la belleza y la apariencia. En cambio, me encanta que los bailes de fin de curso estén dedicados al folklore boliviano: música, trajes, danzas típicas de cada región. Es una celebración vibrante de identidad y pertenencia.
Ahora, cuando me despido de los niños o camino por las calles del Plan 3000, muchos me saludan por mi nombre. Me hace gracia cuando en el centro de Santa Cruz alguien se asombra al saber que vivo en el Plan, como si fuese una locura. “¿Ahí? ¿No te da miedo?”. Y yo solo sonrío. Me he sentido segura, acogida, parte. Me voy con la sensación de haber dejado un granito de arena y de haberme llevado montañas de aprendizaje. Este lugar me enseñó que la transformación no siempre se mide en grandes cambios, sino en los pequeños gestos: una sonrisa, una palabra amable, una tarde de juegos, una mirada que dice “confío en ti”. El Plan 3000 será siempre mi casa, y Hombres Nuevos, una escuela de humanidad.
